—Hola, Aurorita, ¿cómo estás? Me dijeron que estabas un poco enferma y vine a visitarte, como lo hacen los amigos —que es lo que somos—.
Procedió a sentarse en la silla al frente mío.
—¿Por qué no me contaste que tenías problemas de salud? Te hubiera tratado diferente… te hubiera cuidado —dijo sonriente.
—Primero, mi nombre es Aurora.
Segundo, Renzito, prefiero morirme antes que decirte o pedirte ayuda.
Y tercero, ¿qué haces en mi casa? Porque yo no te invité.
—Yo no necesito que me invites.