DAMIÁN
El aire dentro de la sala está cargado de tensión, pero no es nada comparado con lo que siento en el pecho. Emma está frente a mí, con los brazos cruzados y una expresión de pura determinación que me recuerda por qué me enamoré de ella en primer lugar. Pero también me desespera.
—Emma, te lo dije. No vas a venir al almacén —repito por quinta vez, esforzándome por mantener la calma.
—Y yo ya te respondí —me dice, elevando la barbilla desafiante—. No pienso quedarme aquí sin hacer nada. Q