Y realmente no pude descansar aquella noche. Mateo llegó mucho antes de lo que Díaz había esperado. A medianoche, el coche de Mateo ya estaba frente a la puerta de la casa, y tanto Díaz como yo bajamos de inmediato, con el corazón latiendo con fuerza.
Felipe acababa de salir de su habitación. Vestía un pijama lujoso y caminaba con absoluta tranquilidad.
—Lleva a Valentina a un lugar donde ese hombre no pueda verla —ordenó Felipe.
Díaz me tomó de la mano de inmediato y me condujo al despacho de Felipe, ubicado en la planta baja.
Desde nuestro escondite aún podíamos asomarnos y escuchar la conversación que tenía lugar afuera.
—Señorita, pase lo que pase, debe quedarse aquí —me advirtió Díaz—. A menos que don Felipe le pida que salga.
Tragué saliva con dificultad. Sabía que sería difícil obedecer aquella orden, pero aun así tenía que confiar en Felipe y en Díaz.
Felipe no salió al exterior; se sentó en el alto sofá negro. A su derecha y a su izquierda se encontraban sus hombres. Con total