La luz del alba en Cerdeña no trajo claridad, sino una pálida iluminación sobre las grietas que Julian St. John había abierto en el santuario de Aura. Ella permanecía inmóvil frente al maletín abierto en el gran salón, observando la fotografía de Gabriel estrechando la mano del hombre del anillo de sello. La fecha impresa —apenas noventa días atrás— quemaba como una marca de hierro. Tres meses. Eso significaba que mientras Gabriel la amaba bajo el cielo de la Toscana y la protegía en las estepa