La mano de Aura permaneció sobre el pomo de bronce de la puerta lateral del chalet durante un tiempo que desafiaba la lógica de la urgencia. El metal estaba frío, una temperatura que se filtraba a través de sus guantes técnicos y parecía conectarse directamente con la frialdad que se había instalado en su pecho. A través de la madera maciza, podía escuchar —o quizás imaginar— el zumbido casi inaudible de los sistemas de refrigeración del despacho de Gabriel en la planta inferior.
Se preguntó, c