Mundo ficciónIniciar sesión—Sí, voy a casarme con la mujer más hermosa y adinerada de la ciudad —respondió Anthony, sin una pizca de remordimiento—. Somos la pareja perfecta, no entiendo qué más pensabas.
Anthony tomó la mano de Élodie con delicadeza, y sin apartar la mirada de su padre, le depositó un beso suave en los nudillos. Isadora sintió cómo algo se retorcía en su estómago. Los celos, la humillación, y sobre todo, que él sabía que ella estaba allí, viéndolo. ¿Por qué la lastimaba así? ¿Ya no la amaba? —N-no puedes casarte —le dijo, sin miedo a desafiar a sus superiores—. ¿Qué hay de lo nuestro? Anthony la miró con diversión y desprecio. —¿Lo nuestro? ¿De qué demonios hablas? Parece que la sirvienta se ha inventado una historia conmigo —se burló, mirando a su padre—. ¿Pueden creerlo? Está loca. Jamás podría estar con una mujer así. —Isadora —Jean le clavó la mirada, haciéndola estremecer—. No te hemos dado permiso de hablar. Isadora se quedó inmóvil, como si el mundo se hubiera detenido solo para verla caer. Anthony la estaba haciendo ver como una loca. ¿Y las noches en su habitación? ¿Las caricias entre ellos, los susurros al oído, las promesas de que se casaría con ella? ¿Todo fue mentira? Sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Una lágrima se deslizó por su mejilla sin pedir permiso. Lloraba en silencio, con la dignidad rota y el corazón hecho trizas. No entendía nada. Era una sirvienta enamorada que confundió el deseo con amor. —¿Por qué alguien como Anthony tendría una relación seria con una sirvienta? —cuestionó Élodie, frunciendo el ceño—. No me hagas reír. Deberían despedirte por insultar de esta manera a la familia Delacroix. —Tal vez tuve mis aventuras de una noche, pero solo eso —resopló Anthony, sin intenciones de defender a Isadora—. No es mi culpa que la sirvienta se haya ilusionado conmigo —se encogió de hombros, burlón. Isadora sintió cómo su corazón era destruido por el hombre que juró amarla bajo las sábanas. El mismo que la trató diferente, como si no fuera una simple sirvienta más. —¡Dijiste que me amabas! ¿Acaso todo fue mentira? —Isadora seguía aferrada a su ilusión—. ¿Por qué me humillas de esta forma? ¿No pudiste habérmelo dicho antes y en privado? —¿Por qué debería dejarte en claro algo que tuvo que haber sido obvio para ti? —cuestionó, alzando una ceja—. Un hombre como yo jamás podrá estar con una mujer como tú. Fin de la discusión. —Tienes que estar mintiendo… —sollozó, destrozada por sus palabras. A Isadora le fallaron las rodillas y cayó al suelo con un golpe fuerte. No sintió dolor al principio. Las demás sirvientas la miraron con pesar, pero ninguna se movió. Sabían que intervenir podía costarles el trabajo… o algo peor. Anthony se levantó de su silla con lentitud y fastidio. Caminó hacia ella con pasos firmes. Isadora alzó la vista. Sus ojos estaban empapados por las lágrimas… —¿Cómo podría estar con alguien como tú? ¿De verdad creíste en mis palabras? Eres más ingenua de lo que pensé, cariño —murmuró Anthony, con una sonrisa ladeada, luego susurró cerca de su oreja—. Nosotros no podíamos ser nada más que amantes. Jamás me iba a casar contigo. Somos de mundos totalmente opuestos, ¿entiendes? Tú eres una simple sirvienta, y yo pues… el futuro dueño de un imperio hotelero. No me rebajes a tu nivel. —No me hagas esto, Anthony… —pidió, estando cerca de él—. Me enamoré de ti. Eres el primer hombre con el que tuve una relación… —Ya te dije que tú y yo jamás tuvimos algo serio, Isadora. Sácate esa idea de la cabeza —masculló, cansado de lo mismo. —¿Y por qué me buscabas? ¿Por qué me tratabas bonito? ¿Qué necesidad tenías de tejer una red de ilusiones a mi alrededor? —interrogó, con una presión en el pecho. —No es mi culpa que tú te hayas ilusionado con alguien inalcanzable, Isadora. ¿Las sirvientas no te enseñaron a no desear algo que está más allá de su alcance? —suspiró, aún agachado frente a ella. —Tus palabras me hieren, Anthony. Dime que estás bromeando, por favor —pidió, sin saber qué hacer para solucionarlo—. Dime que es mentira. Que no te vas a casar con esa mujer. —¿Te has mirado al espejo últimamente? —preguntó Anthony, señalando con la barbilla a Élodie—. Compárate con ella. Es rubia, perfecta, con un rostro que parece esculpido y un cuerpo de modelo que cualquiera envidiaría. ¿De verdad pensaste que iba a elegirte a ti por encima de ella? Se inclinó, con una sonrisa venenosa. —Mírate, Isadora. Estás demacrada, con esas ojeras que gritan agotamiento. No tienes curvas, hueles a cocina… y agua sucia. No eres más que una sirvienta. No te confundas. Puede que te haya deseado por un tiempo, pero no era amor. Jamás lo fue. —E-es porque trabajo… no me digas esas cosas tan horribles. —No me importa. Élodie tiene más clase y elegancia que tú. Ella es la mujer perfecta para mí —proclamó—. Y viene de una familia importante. —P-pero es que yo te amo, Anthony… —sollozó, con la visión borrosa—. No voy a poder con esto… Él se acercó de nuevo a su oído y susurró: —¿De verdad pensaste que eras especial? Que un Delacroix podía amar a una sirvienta… —se rio suavemente—. Solo te quería en mi cama, y lo logré, ¿no? Isadora lo miró con los ojos abiertos, sintiendo que toda esa escena era una pesadilla. La decepción le recorrió el cuerpo como una corriente. Ese no era el Anthony del que se había enamorado. No era el hombre que le acariciaba el rostro como si fuera de cristal. Este Anthony tenía la voz muy afilada como una daga. —¿Eso era para ti? ¿Un simple juguete al que podías usar? —inquirió, apretando los labios. —No eras más que un capricho. Y ahora que lo nuestro se acabó, vuelve a limpiar los salones, ¿sí? Anthony regresó a su lugar junto a Élodie, y sin dudarlo, tomó su rostro entre las manos y le dio un beso con lengua frente a Isadora para terminar de destruirla. —Isadora, si sigues diciendo mentiras sobre mi hijo, me temo que tendré que despedirte. No voy a permitir que manches el apellido Delacroix —la amenazó Jean—. Mis hijos jamás escogerían a una sirvienta como esposa. —Ya escuchaste a mi padre, Isadora —apoyó Anthony, con malicia—. Deja atrás tus fantasías estúpidas. Isadora no pudo evitar la humillación. Huyó de la escena con el corazón roto.






