Isadora regresó con Solange. La encontró en el mismo pasillo, con los ojos llenos de angustia y las manos temblorosas.
Sin decir una palabra, la abrazó con fuerza. Solange se quedó quieta un segundo, y luego se aferró a ella.
—Lo siento, no pude hacer nada —susurró Isadora, con la visión nublada—. Anthony no cambia de opinión. Lo odio.
—No te preocupes, cariño —le dijo, palpando su espalda—. No estoy molesta.
Isadora la miró a los ojos. Más que una compañera, era una madre, por lo que le dol