El crepúsculo teñía el cielo de un profundo carmesí mientras Alaia permanecía en su consultorio, observando la pequeña botella vacía sobre su escritorio.
Había tomado la última dosis de la cura y su corazón latía con una mezcla de ansiedad y esperanza.
El ambiente en la pequeña habitación se sentía cargado, casi eléctrico. Alaia respiró profundamente, tratando de calmar los nervios que revoloteaban en su estómago.
Sabía que, si la cura funcionaba, no solo significaría el regreso de Nyra, sin