Agnes golpeaba las paredes de su celda con frustración, su voz rasgada y cargada de furia resonaba por el pasillo de la prisión subterránea de la manada.
—¡No pueden tenerme aquí! —gritaba, con los ojos desorbitados y el cabello despeinado que caía sobre su rostro, dando un aspecto casi demente—. ¡Soy la legítima luna! ¡Todo lo que hice fue por el bien de estas tierras, por mantener el orden!
Los guardias permanecían impasibles, ignorando los gritos mientras ella continuaba con su arenga. Agne