El almacén abandonado estaba en ruinas, con las paredes agrietadas y llenas de moho.
El techo tenía huecos por donde entraban débiles rayos de luz. El olor a humedad impregnaba el aire y, de vez en cuando, el crujir de alguna rata que se movía entre los escombros rompía el inquietante silencio.
Ragnar, con una sonrisa lasciva en el rostro, se sentaba en un viejo barril oxidado mientras jugueteaba con una navaja de bolsillo. El metal brillante giraba entre sus dedos con agilidad, reflejando br