Nolan sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El aire se le escapó de los pulmones, como si acabaran de golpearlo en el pecho.
—Eso no puede ser cierto —murmuró, con sus ojos llenos de incredulidad—. Que me disculpe la Diosa Luna, pero ella no me salvó... fuiste tú. Tú me diste la fórmula que me trajo de vuelta, Alaia…
Ella sacudió la cabeza lentamente, interrumpiéndolo antes de que pudiera continuar.
—No importa quién lo haya hecho —dijo con una voz queda—. Estoy profundamente rota y no p