Días después, Liam caminaba con paso firme por el hospital, el lugar donde las vidas se salvaban o se perdían con un solo desliz. Su expresión era imperturbable, casi indiferente ante el bullicio de pacientes y personal médico que lo rodeaba.
Sabía exactamente a dónde iba. Se detuvo frente a una puerta discreta, tocó dos veces y esperó.
Una mujer nerviosa, con el uniforme de enfermera, lo recibió. Su mirada era de inquietud, como si el peso de la culpa estuviera a punto de aplastarla.
―No deb