Capítulo 26.
Los machos tenían la delicadeza de una piedra, pero al menos nadie hizo una mueca durante los entrenamientos. Sobre todo los pobres desafortunados a los que les tocaba entrenar a mis costados.
Por supuesto, me daba un buen baño en el río... después de los entrenamientos. Cosa que servía para una mierda porque pasaba horas dormida entre pieles que, según los machos apestaba, hasta el amanecer.
Suspiré. Me levantaría para darme un baño antes de cada amanecer, así de avergonzada estaba con mis com