—Dile que no puedes o que no quieres, como prefieras —indica Amadeo, concentrado en recoger mis cosas y colocarlas dentro de mi cartera.
Otra vez su trastorno obsesivo sale a la luz. Es un maldito, un infeliz, un pedazo de materia fecal. Me siento para tratar de recuperarme, ya que estoy mareada y me duele la cabeza. Su rostro vuelve a cambiar; ahora parece preocupado por mí.
—¿Te llevo al médico? —me pregunta tratando de ser considerado. Quiere volver a tocarme, pero le corro la mano.
—No neces