—Señorita… —Renzo, con su paso más rápido, logró alcanzarla en la puerta principal.
—Iré a ver a mi padre, está algo enfermo —explicó ella—. Volveré antes de mediodía, así que almorzaré aquí.
—Señorita, no creo que pueda salir.
Ella frunció el ceño.
—Claro que puedo, Ares no me ha quitado mi libertad —aunque fue firme, su voz se mantuvo suave—. De igual manera, no te preocupes. Le avisaré de lo mismo, él viene por la noche; estaré aquí cuando eso suceda, lo prometo.
Ese Renzo, ya sudando frío,