Ranya
No dormí.
La luz de aquella sala fría permanecía encendida todo el tiempo. Mis ojos ardían. La piel pegada al suelo helado parecía gritar por ayuda, pero nadie escuchaba. Desde que Youssef me dejó allí, horas antes, el silencio había sido mi única compañía. Silencio y el sonido de mi propio corazón latiendo cada vez más rápido.
Pensar era una tortura. A cada momento recordaba la mirada de Khaled en el pasillo. La firmeza con la que pronunció mi sentencia, sin alzar la voz, sin amenazar,