Nayla
Estaba sumergida hasta el cuello en la bañera de mármol, disfrutando de mi raro día de lujo en Dubái, cuando la electricidad se cortó de repente. Me apresuré a salir del agua, envolví mi cuerpo en el albornoz de seda blanca y, minutos después, escuché unos golpes discretos en la puerta.
La recepcionista, siempre educada, me pidió que permaneciera en la habitación por motivos de seguridad hasta que la situación se normalizara. Prometió regresar si había alguna novedad y se marchó tan si