Ranya
El día estaba llegando a su fin, y el palacio comenzaba a recogerse para otra noche silenciosa. Yo ya debería haberme ido a mi alojamiento, como todas las empleadas hacían religiosamente en cuanto cumplían sus horarios.
Pero algo dentro de mí, una inquietud que no sabía explicar, me hizo desacelerar los pasos. En lugar de ir directo a mi cuarto, desvié discretamente por los pasillos dorados, acomodando jarrones y fingiendo que tenía trabajo que hacer.
Fue entonces cuando pasé cerca del de