Bianca
El olor fue lo primero que golpeó.
Podrido. Repugnante. Una mezcla de moho, sudor, metal oxidado y miedo. Un olor que se mete en la piel, que se pega a la nariz y se niega a desaparecer incluso cuando cierras los ojos.
Desperté con ese olor invadiendo mis fosas nasales, con la sensación de tener arena en los pulmones. La cabeza me latía. El estómago dolía como si lo estuvieran retorciendo. Y cuando intenté moverme, sentí la cuerda áspera apretando mi muñeca.
Fue entonces cuando entendí: