Lara
El reloj marcaba las tres de la madrugada. El hotel estaba en silencio y el miedo latía con fuerza en mi pecho. Cada paso era calculado, cada respiración, controlada. No podía equivocarme. Si me atrapaban ahora, no tendría otra oportunidad.
Avancé por el pasillo del hotel con el corazón golpeando tan fuerte que parecía resonar contra las paredes. Mis manos temblaban mientras apretaba la correa de la mochila, donde había metido lo poco que logré tomar a toda prisa: un abrigo, algo de dinero que había escondido y el pasaporte que robé del despacho de mi padre. Nada más importaba. Tenía que salir de allí.
Cuando llegué al vestíbulo, mi cuerpo se tensó. El recepcionista estaba con la cabeza baja, mirando su celular. Contuve la respiración y pasé rápido. Mis piernas dolían por la tensión, pero no me detuve hasta sentir el viento caliente de la madrugada rozar mi rostro.
Estaba en la calle.
Sola.
Dubái de noche era una ciudad vibrante, pero yo no veía luces ni belleza. Solo miedo. Caminé deprisa, sin rumbo. Mi plan era encontrar un taxi y desaparecer, pero todo parecía confuso. No hablaba el idioma, no sabía adónde ir.
Después de algunas cuadras, sentí que me seguían.
Primero fue un susurro. Un escalofrío me recorrió la espalda y aceleré el paso. Miré por encima del hombro y vi a tres hombres observándome. Reían entre ellos, murmurando palabras que no entendí.
Tragué saliva y caminé más rápido. Ellos también aceleraron.
El corazón se me desbocó. Estaba sola, en un país extraño, sin nadie que pudiera ayudarme. Eché a correr.
Pero ellos corrieron detrás de mí.
Uno de ellos me sujetó el brazo con fuerza. Grité, intentando liberarme. Otro tiró de mi mochila y yo me debatí con todas mis fuerzas.
—¡Suéltenme! —grité, pateando y tratando de escapar.
El miedo me asfixiaba.
Entonces, un disparo rasgó la noche.
El hombre que me sujetaba cayó al suelo.
Los otros gritaron, pero un segundo disparo los silenció. Con los ojos abiertos de par en par, vi sombras moverse. Alguien emergió de la oscuridad. Un hombre vestido de negro.
Guardó el arma y se acercó a mí.
—Ven conmigo —ordenó, en un inglés firme.
Quise correr, pero mis piernas temblaban. No tenía fuerzas.
Me tomó del brazo y me condujo hasta un coche negro. La puerta se abrió y fui empujada dentro.
El trayecto fue un borrón. Seguía temblando. Quería luchar, gritar, pero mi cuerpo estaba paralizado. Lo único que sabía era que mi huida había fracasado.
Cuando el coche se detuvo, me arrastraron al interior de una mansión lujosa. Luces doradas iluminaban el mármol blanco del suelo. Percibía una fragancia costosa en el aire, pero todo me oprimía el pecho.
Y entonces lo vi.
Khaled estaba de pie en medio de la sala, con sus ojos oscuros analizándome. Vestía una bata de seda, como si acabara de despertarse. Pero su mirada no era somnolienta. Era afilada.
La rabia explotó dentro de mí.
—¡Te odio! —grité, abalanzándome sobre él.
Mis puños golpearon su pecho, pero él ni siquiera se movió. Sujetó mis muñecas y me inmovilizó con facilidad.
—¡Suéltame! ¡No tienes derecho! ¡Yo no soy tuya!
Él sonrió. Lento. Peligroso.
—Te equivocas. Ahora eres mía.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¡No puedes tratarme como una moneda de cambio!
Inclinó la cabeza, sin borrar la sonrisa.
—Puedo hacer lo que quiera. Y será mejor que te acostumbres, porque ahora me perteneces.
La desesperación me invadió por completo.
Estaba atrapada.
Y Khaled no iba a dejarme escapar.