Amir
Nunca imaginé que caminar por el mercado central fuera tan agotador. El sol del mediodía quemaba, y cada paso entre los puestos era un desafío. Mi garganta ya estaba seca, pero seguía gritando para llamar a los clientes:
Amir: ¡Té frío! ¡Agua fresca! ¡Dátiles dulces! ¡Aprovechen!
Pasaban señoras con velos coloridos, hombres discutiendo precios, niños corriendo entre los carros. A veces veía chicas bonitas, llenas de oro en las muñecas y en el cuello, pero cuando me miraban, enseguida desvi