Khandra
Subí las escaleras con Omar y Aisha aferrados a mí, intentando controlar la respiración. Mi pecho ardía, mis manos temblaban. Siempre supe que Zayd era cruel, pero esa noche entendí algo mucho más aterrador: no tenía límites cuando se trataba de mantener el control.
Puse a los niños en el baño, lavé sus cabellos con cuidado, besé sus frentes más veces de lo necesario. Estaban exhaustos. Lloraron hasta quedarse dormidos. Cuando cerré la puerta de su habitación, mis piernas casi cedieron.