Drea
De repente, el hombre que se alza sobre mí pasa de ser mi peor pesadilla a mi mayor fantasía; su ceño torcido y perverso se transforma en una expresión concentrada y atractiva mientras me baja los pantalones hasta los tobillos y me coloca a cuatro patas sobre el asfalto caliente.
Está lo bastante tibio como para resultar incómodo, pero no tanto como para quemarme y, sinceramente, eso solo añade emoción. Es una distracción muy necesaria del horrible peligro en el que se ha convertido mi vid