Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 06
Fabiana Prass Me sentí libre, corriendo entre los arbustos y cogida de la mano del jardinero, que hasta ahora no me ha dicho su nombre. Entonces me detuve en medio del camino, aún medio sin aliento, y pregunté: - ¿Cómo te llamas? Nunca recuerdo haber preguntado... - Dejó de caminar y puso cara de asombro. - ¿Cómo? - pregunté y sonreí ante su asombro. - ¿Cómo me llamo? - ¿Mi nombre? - É... ¡Helio! - respondió con torpeza y de repente reanudó la marcha, tirando de mí. Me hizo gracia, debía de ser tímido. Cuando llegamos al jardín, él conocía un camino secreto que daba acceso a la zona interior, y por mucho que me preocupara desobedecer a mi tío y entrar en tierras ajenas, la emoción habló más alto. - ¡Qué bonito es esto! Ese río parece mentira, ¡y mira cuántas flores diferentes hay! - comenté, mirándolo todo. Vi que tocaba suavemente las rosas. - ¡Aquí hay un banco especial! ¿Vienes a echar un vistazo? - ¿Por qué especial? - pregunté acercándome a él. - Ya verás... - Le seguí por el hermoso jardín. El césped estaba muy bien cuidado, con guijarros que hacían de senderos, y luego subimos a un puente, que estaba todo trabajado con piedras que seguramente habían sido pegadas y pintadas. Cruzamos el río y había una zona a modo de tienda donde las propias ramas formaban la parte superior, y debajo había un banco para hasta tres personas. Él se sentó sonriendo y ahora, mirándolo de cerca y sin la gorra, puedo ver que es hermoso, me recuerda a alguien, pero no sé a quién. - ¿A quién? - Eres muy guapo, ¡sobre todo sin la gorra! - dije avergonzada. - ¿Eso crees? - Se sentó a mi lado. - ¿Tu prometido es feo? No sé si puedo preguntarle eso... - me miró sin comprender. - Bueno, no me fijé mucho... llevaba mucha ropa elegante, una boina y gafas, no le grabé la cara... y el segundo día no pude fijarme en nada aparte de las gafas, apenas le miré porque estaba muy nerviosa... siempre me pondrá nerviosa.... - Vaya... que pena. Espero que algún día lo consigas. Cuando terminé de contestar, vi que varios colibríes empezaban a acercarse a la jardinera, y al poco rato estaban sobre mí. Parecían acostumbrados, estaban tranquilos y me pareció precioso. - ¿Vienen siempre aquí? - pregunté. - Soy jardinero... ¿quién crees que ayudó a crear este jardín? - Sonrió. - ¡Caramba! ¡Eres genial en eso! En aquel banco hablamos del jardín y de mí. El jardinero está relajado, me siento ligera con él y ya me preocupa tener que olvidarme de él cuando nos vayamos. Ahora mi vida estará rodeada de dolor y destrucción, porque si Don me hizo eso antes de casarme, no puedo imaginar lo que hará cuando todo haya terminado. - ¡Túmbate aquí en mi regazo! ¡Así podrás descansar! - me propone, y entonces miro mi ropa. - ¿Te importa si estoy mal vestido? - ¡Para mí estás preciosa! ¿Y eso por qué? - No es nada... ¡Don me hizo ducharme y cambiarme para tener acceso a él! - El jardinero empezó a toser y pensé que se había atragantado con algo, así que le di una palmada en la espalda intentando ayudarle. - Jesús, ¿estás bien? - Estoy bien... Seguro que fue por alguna otra razón por la que me pidió que hiciera esto, ¿iba sin acompañante? - Lo negué. - No le importa, ¡no soy nada para él! Pero cambiemos de tema, ¿vale? - Me tumbé en su regazo y los colibríes siguieron viniendo. - Por supuesto... - Me echó todo el pelo hacia atrás y me estiró las piernas, colocándolas sobre el brazo del banco. El jardinero guardó silencio durante un buen rato mientras me acariciaba lentamente y yo cerraba los ojos, ni siquiera mi madre me trataba así, me sentía tan bien. Me miraba tanto, y empezó a conocer cada detalle de mi cara y yo de la suya. Varias veces sentí su tacto en mi piel, esas suaves caricias que me encantaban. Su mano en mi pelo me hizo suspirar y hasta cerré los ojos varias veces. Seguí analizando su rostro bien diseñado, con la mandíbula ligeramente cuadrada, las cejas parcialmente perfiladas y el pelo desordenado que le daba un aspecto más relajado. Su mirada era profunda, parecía que sus pensamientos estaban tan lejos que me intrigaba. - Como hoy es tu último día, soltera, creo que aún puedes dejar que te bese... - Puso su dedo índice en mis labios y los miró con malicia. - Pero estoy comprometida... - ¿Y elegiste estar comprometida? - Lo negué. - ¡Entonces es él el que está comprometido! - bromeó y yo sonreí. Levanté más mi cuerpo y él se dio cuenta de que iba a ceder y tiró de mí para sentarme en su regazo, literalmente, dejándonos en una posición muy íntima. Ahora sobraban las palabras. Al mirarnos sabíamos lo que iba a pasar, y poco a poco nos fuimos acercando y entonces se produjo el beso tan esperado. Me invadió una sensación nueva que me llevó a otra dimensión. Sentí una profunda conexión, un escalofrío que parecía llegar a mi alma y llevarla a un delicioso baile en el que me perdí en mis propios pensamientos. Me olvidé de todo lo que me rodeaba y me dejé guiar por él. Apoyé mi cuerpo completamente contra el suyo y sentí un ansia que nunca antes había conocido. Su lengua vagaba sobre la mía y sus labios suaves y bien afeitados chupaban los míos, dejándome en completo éxtasis y satisfacción. No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero sé que fue mucho tiempo, ya que el sol empezaba a ocultarse. Sentí que la mano del jardinero se inquietaba y tocaba mi muslo, así que era hora de parar. - Tengo que irme... - No voy a hacer nada, sólo te he acariciado... - Es que tengo hambre y es tarde. Tengo miedo de que mi tío me delate con Don. - Quédate aquí un rato, voy a robar un trozo de tarta de la casita del fondo, conozco al dueño, allí siempre hay tarta... - No hace falta... - Te lo ruego... quédate aquí. - Está bien... si me lo pides así, ¡no puedo negarme! - sonrió, me dio un último beso y se fue. Esperé allí un rato y luego volvió con un maravilloso pastel de fresas y nata; creo que nunca había comido uno tan bueno. El jardinero me untó tarta en la nariz y yo también le unté a él. - Fue divertido pasar el día contigo... - ¡No estés triste! Siempre estaré aquí para ti... - ¡Don no lo aceptará! Seguro que no nos volveremos a ver. - Dije con abatimiento. - Nunca sabemos lo que nos deparará el mañana. ¡Nunca lo olvides! - suspiré. - DE ACUERDO. - ¿Quieres volver? Pronto oscurecerá, ¿no? - Sí... Nuestro paseo llegó a su fin. El jardinero me abrazó y caminamos juntos hasta mi casa, por el mismo camino de antes. - Parece que mi tío no está aquí... - comenté. - Si quieres, me quedo contigo y lo solucionamos. - comentó. - Creo que eso sería peor, ¡será mejor que te vayas! - le pregunté. Me dio un último beso y se fue. Entré en casa y empecé a empaquetar algunas cosas que me iba a llevar a casa de Don. Me duché y me puse mi mejor ropa, aunque encontré un pequeño agujero en mi blusa, pero es difícil de ver, ese ogro emparentado con Sherek se lo tendrá que tragar. De repente oí un fuerte ruido fuera y corrí a ver qué era. Mi tío sonaba borracho y estaba tirando todas las cosas que había clasificado del reciclaje, desordenando bolsas e incluso atacando cosas de la pared. - Tío Amador... ¿Qué ha pasado? - se abalanzó sobre mí y me dio dos bofetadas en la cara, una en cada lado que me cortaron un poco. - ¡Zorra! ¿Dónde has estado, cabrón? - Intenté alejarme de él, pero se me echó encima y me acorraló contra la pared. Levantó la mano para golpearme de nuevo, pero una voz bastante fuerte lo detuvo. - ¿Qué crees que estás haciendo, travieso niño puttana? - Era Don. Estaba oscuro, pero reconocí el estilo de su ropa, que tenía grandes botones en la parte delantera y llegaba hasta abajo, llevaba una boina y una bufanda. - Aún no se ha casado, así que... - Antes de que mi tío terminara, Don ya le había dado dos palizas que le hicieron desfallecer. - ¡Debería matarte, cabrón! ¡No quiero verte nunca más cerca de mi mujer! - Don Antonio casi gritó mientras hablaba, con voz firme. - ¡Ha estado bebiendo! - dije, aterrada, con las manos en la cara. - Vamos, Fabiana... ¡Mi coche está abajo! No te vas a quedar ni un segundo más con ese hombre... - Voy a buscar una bolsa que he empacado... - ¡Soldado! ¡Síguela y trae la bolsa! - habló con más calma y tuve la extraña sensación de conocer esa voz, una sensación diferente, una tirantez... Estoy casi segura de haberla oído antes y no era de Don, pero no tardé en llegar a mi habitación, no le gusta repetir las cosas, se nota. Me subí a su coche muerta de miedo, pero no había donde huir, ahora estaría en problemas y tendría que saber defenderme de él.






