La ciudad no dormía: sudaba. Desde su ventana alta —cristales polarizados, mar de fondo, la avenida en un rumor constante—, Michel veía cómo la noche caribeña se quedaba pegada a los cuerpos y doblaba el tiempo.
No era la oscuridad que conocía: allá el frío raspaba las paredes y el silencio mordía; aquí el aire era denso, dulce, untuoso, y los sonidos subían como vapor: carcajadas, motores, música que se derramaba de un balcón a otro, el tañido de un vaso contra la barra, un grito de gol lejano