Las garras de la muerte.
Los gemidos eran fingidos menos el dolor, sus ojos nunca se cerraron y los gemidos de él los escuchaba atentamente, no eran aquellos gemidos que la enloquecían desesperadamente, sus embestidas eran duras y las muecas de dolor eran más que obvias, clavó sus uñas sin piedad en su espalda, pero él ni se quejaba.
Terminaron sobre la cama mojando las sábanas y todo el semen quedo dentro de ella, pero le dio asco al escuchar lo que le susurro
—quiero que todo mi semen quede dentro de ti en luna roja