Astrid
Me quedé de pie en el centro de mi habitación, con los brazos cruzados flojamente sobre el pecho, la mirada fija en los tres trajes que colgaban ordenadamente de diferentes perchas. Cada uno llevaba su propia declaración: poder, contención, dominación. Caminé despacio frente a ellos, mis chanclas resonando suavemente contra el suelo pulido mientras sopesaba mis opciones.
El gris carbón era afilado, discreto, profesional.
El negro era imponente, implacable, sin perdón.
El azul marino