Aiden
Me sentaba solo en el comedor, con la larga mesa extendiéndose ante mí. Las velas ya estaban encendidas, sus llamas firmes. La comida permanecía tapada, enfriándose minuto a minuto.
Miré mi reloj de nuevo.
Habían pasado unos minutos desde que pedí a las criadas que fueran a buscar a Astrid para la cena.
No había transcurrido tanto tiempo, pero aun así sentía el pecho apretado. Había enviado a la criada a informarla, y esta había regresado diciendo que Astrid venía en camino. Sin embargo, la duda me carcomía. Últimamente, Astrid había sido impredecible. Distante. Fría donde antes era cálida.
No la culparía si decidía no venir.
Desde mi confesión, todo entre nosotros había cambiado. Ya no reía a mi lado. Ya no me provocaba. Apenas me miraba salvo que fuera necesario. Y cada vez que lo hacía, sentía que me estaba midiendo… y encontrándome deficiente.
Me recliné en la silla y exhalé despacio.
Tal vez debería disculparme de nuevo, pensé. Esta vez como es debido. No con medias palabra