La llamada de Alexander entró cuando apenas entré en la habitación. El bebé dormía cómodamente mientras las ojeras llegaban a mis pómulos, mis ojos hinchados y cansados solo decían que ser madre era un trabajo duro. Especialmente cuando se trataba de poner a dormir al pequeño, que se estaba convirtiendo cada vez más en una batalla campal.
Finalmente silencié el celular y a la cuarta llamada respondí de mala gana, pero ahí empezó el primer asalto.
—¿Hola?
—¡Lucia! ¿¡Dónde demonios estas meti