DANNA
Entré en pánico y comencé a tiritar al percibir un frio repentino recorrer mi espina dorsal. Bajé despacio cada escalón, hasta quedar de pie junto al charco rojo que nacía de su cabeza.
—Ro… ger. ¿Ro… ger? —lo llamé, con la esperanza de que respondiera pero ya era tarde. Estaba muerto.
Me abracé a mí misma negando, mientras entraba en pánico por todo lo que había ocurrido.
«¿Qué voy a hacer?», susurré.
—¡¿Danna?! —Oí a mi espalda y respingué del susto—. ¡¿Pero qué has hecho?! —me giré par