SABRINA
Luego de aquel momento y un desenfrenado desliz en la cama, fuimos a la playa y pasamos una tarde maravillosa.
En la noche, me alisté lo más meticulosa posible, luciendo el vestido Dolce que Piero me había obsequiado. Maquillé con cuidado mi rostro y me alisé el pelo, dejándolo caer con libertad sobre mi espalda.
La velada fue intensa y por demás preciosa.
Los días siguientes no fueron distintos y Piero me llevó a conocer cada rincón de la costa mediterránea.
Casinos, recorridos en yate