SABRINA
—¿Qué fue todo esto, amor? —pregunté suspirando, mientras mi barbilla reposaba en la cima de su abdomen y mis dedos jugueteaban con el vello de su torso. Mi cuerpo descansaba entre sus piernas.
Había llegado distinto y no se me había pasado por alto, aunque sería difícil negar que no me gustara.
Levantó la cabeza y me vio con una sonrisa tonta.
—¿Amor? —preguntó y sonreí.
—¿No te gusta?
—Me encanta, cielo… —respondió, acariciando mi pelo—. Quería proponerte algo, pero tú tendrás la pala