PIERO
Luego de dejarla en casa de Lucio, con unos celos cargados a mis hombros, llamé a Leo para que me acompañara a hacer lo que deseaba desde el momento en que vi la mano desnuda de Sabrina en el café.
—¿Le comprarás un anillo? —preguntó mi amigo, divertido e intrigado a la vez, mientras ambos caminábamos para llegar al sitio que sugirió.
—Así es…
—¿No te parece un poco precipitado? Además, te recuerdo que aún sigues casado con otra mujer.
—No tuviste ninguna objeción cuando conseguiste un ac