Diana estaba harta de la actitud de su esposo, de la de su familia y de la de su exmarido.
Estaba cansada de no poder vivir un solo día tranquila.
En ocasiones sentía deseos de agarrar a Victoria y regresarse a su pequeño apartamento, pero recordaba las caritas de Gabriel y Nathan y se veía incapaz de dejarlos.
Si era sincera consigo misma y omitía el coraje que sentía en ese instante contra su esposo, tenía que reconocer que tampoco sería capaz de dejarlo a él.
Pero es que la sacaba de quicio.