—¡¿Qué hiciste qué?! —gritó Albert Miller cuando se enteró de que su yerno había aprovechado que no estaba en casa para embriagar a su esposa y robarle el teléfono.
—Te dije que si tú no lo lograbas lo haría yo, pero la niña ya no es tan tonta y no se dejó engañar con facilidad.
A Albert no le hacía ninguna gracia dejar ese asunto tan delicado en manos de Izan.
Con los años se había alejado del jovencito que conoció y se había convertido en una persona bastante volátil, pero él estaba cada vez