¡Por favor, que ese hombre no se enferme más!
Era la frase que más estuvo diciendo Diana a lo largo del día.
Ese ogro, porque no se le podía llamar por otro apelativo, no había estado dejando de dar gritos y llamarla.
Casi no le había permitido respirar.
«Diana, ¿me colocas la almohada?, Diana me duele el cuello, ¿me das un masaje? Diana, no creo que aguante mucho más, voy a morir, ¿puedo agarrarte un pecho para ser un muerto feliz?».
¡No podía más! Y no era que no quisiera cuidarlo, ¡es que el