—Ariel, ¿por qué nos siguen? —preguntó Dante, observando cómo los empleados los seguían con disimulo de un pasillo a otro, vigilando cada movimiento. Su incomodidad era evidente, al igual que la tensión en su voz.
—Creo que son muy amables —respondió ella distraída, acariciando con los dedos una prenda expuesta en un maniquí mientras sus ojos exploraban el lujo del lugar.
Dante frunció el ceño, cruzándose de brazos. —¿Segura? Es un poco molesto. Ven todo lo que hacemos, cada cosa que toco, todo