OMAR
Estaba terminando de comer cuando el bastón sonó junto a mi mesa.
—Hamza. Qué casualidad.
Mansour Al Rashid, de pie, con su traje impecable.
Casualidad. Claro.
—Señor Al Rashid. —Le señalé la silla de enfrente—. Siéntese. Acompáñeme un café.
Se sentó, apoyó el bastón en la mesa y pidió un té con la mano, sin mirar al mesero. Hablamos diez minutos de nada: el puerto, un fondo europeo, lo caro que se ha puesto todo. Ese lenguaje muerto con el que los hombres como nosotros nos medimos antes d