MARIANA
Le acaricié la frente a Zayed con la punta de los dedos, despacio, para no despertarlo.
Dormía por fin, después de una noche mala. Tenía el ojo todavía morado, medio cerrado, y una venda gruesa cruzándole el pecho por la costilla rota. Cada vez que respiraba hondo, hacía un gesto de dolor hasta dormido.
Y yo no podía dejar de mirarlo y de pensar en lo mismo, una y otra vez, sin poder creerlo.
Su padre hizo esto.
Mansour Al Rashid mandó a golpear a su propio hijo. No a un socio, no a un