KHALID
—Estate quieto. —Layla me acomodó el cuello de la camisa con esos dedos suyos de hermana mayor, aunque sea menor que Zayed—. Pareces un niño. Ya. —Me alisó las solapas y dio un paso atrás para verme—. Listo. Estás guapísimo, hermano. Vas a dejar a media boda suspirando.
—Gracias. —Le sonreí, porque era lo único que me salía.
—Mírate. —Layla me acomodó un mechón, con una ternura que me apretó el pecho—. El día de tu boda. —Suspiró—. ¿Sabes que deberías sentirte el hombre más afortunado d