Al llegar a casa, David le ayudó a quitarse el vestido. Le besó el cuello y la tocó por encima del bikini, la tiró despacio sobre la cama dispuesto a hacerla suya una vez más.
La adoraba, era la dueña de su corazón y había jurado protegerla de todo lo malo, a ella y a sus hijos.
Se quitó la camisa y el pantalón. Quería follarla hasta el cansancio y su amigo entre las piernas ya estaba listo para entrar en la zona más caliente, privada y deliciosa que la chica tenía.
Pero Mardeli no se sentía b