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Luna se aclaró la garganta y siguió comiendo, pero aquellas caricias y su vestido levantándose cada vez más, dejando al descubierto por completo su pierna, la estaba calentando a tal grado que en su parte íntima ya siente un cosquilleo que le incita a tocarse y darle la bienvenida a un atrevido orgasmo.

—¡Ah! —Exclamó Eduardo cuando la chica de una sola patada alejó su pie travieso.

—¿Qué pasa papá, por qué has gritado? —Preguntó el pequeño Caleb, como siempre de inocente. —¡Y mira que también
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