Eduardo había comprado el mejor ramo de flores de la floristería, con eso pensaba pedirle perdón a su pelirroja.
—Luna Hernández, ¿aceptas casarte conmigo?
Preguntó de rodillas y con un traje de color gris, su ahora enamorado.
Al oír esas palabras, Eduardo detuvo su paso y se dio la vuelta, encontrándose al hombre de rodillas, ya colocándole el anillo de compromiso a la que un día también fue su prometida y por idiota la perdió.
Un sudor frío recorrió todo el cuerpo del recién llegado, él jamás