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Un rato después, Eduardo se marchó en su auto, va para la casa donde ordenó que le retuvieran a su padre. Lo encontró amarrado de pies y manos, sentado en una vieja silla de madera.

Su corazón no siente pena por él, esa sed de venganza la tiene desde que era un niño, ahora solo toca llevarla a cabo para que su mente se sienta en paz.

—¡Hijo, has venido a soltarme!, dime que te has arrepentido de hacerme daño. Por favor dímelo hijo.

Imploró.

—¿Acaso tú te arrepentiste de golpear por tantas vec
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