La prima sigue alegando que no sabe nada, aunque ya casi ni pueda respirar, no da su brazo a torcer mientras que su primo tampoco se da por vencido.
Por su parte la hubiese terminado ahorcando, pero la voz de su pelirroja lo ha hecho que se detenga.
—Amor déjala, no te manches la conciencia con la muerte de esta perra. No vale la pena pasar años en la cárcel por su culpa. —Suplicó Luna, hasta entonces el hombre aflojó el agarre y la dejó caer al suelo para él acercarse a su mujer.
—Cariño, perd