Erik entró a su oficina con el ceño fruncido, todavía con la mente ocupada en el juicio por la custodia de Sofía. El estrés y la rabia latente lo acompañaban desde que leyó el citatorio esa mañana. Sin embargo, todo se intensificó al abrir la puerta de su despacho y encontrarse con una escena inesperada.
Mark estaba inclinado sobre su escritorio, revisando documentos con descaro.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí, imbécil? —espetó Erik, cerrando la puerta con un golpe seco. Su voz resonó como