Kisa y Magalí se quedaron en silencio por un momento, respirando agitadamente, y se miraron entre ellas antes de que Magalí rompiera el silencio.
—Nada, señora Regina —respondió ella con voz fría, mientras se soltaba del agarre de los empleados —. Es solo que esta empleada no aprende cuál es su lugar, pero yo me encargaré de que lo haga.
Kisa, sin embargo, no estaba dispuesta a quedarse callada.
—¿Por qué no le dices la verdad a la señora? —dijo con un tono desafiante—. Dile lo que le hiciste a