El silencio en la habitación era tan espeso que Bianca podía escuchar el rítmico crujido de los billetes siendo contados por el segundo matón. El cañón de la pistola seguía firmemente apoyado contra su frente, frío, implacable, recordándole que su vida pendía de un hilo finísimo. A un lado, su padre sollozaba en el suelo, cobarde, tapándose el rostro con las manos.
Fueron los minutos más largos de su existencia.
—Está todo completo, jefe —anunció finalmente el cómplice, cerrando la bolsa de