En su pequeña oficina de la planta baja, Alan se frotó las sienes con fuerza, intentando masajear la tensión que se le acumulaba en la frente. Se obligó a sentarse frente al monitor, intentando concentrarse en la interminable fila de correos corporativos que requerían su atención urgente, pero fue un esfuerzo completamente inútil. La imagen de Bianca, radiante con su vestido corto, y el eco de su risa limpia y contagiosa flotando por los pasillos de la mansión, simplemente no se le borraban de