A la mañana siguiente, Aegan ya no estaba por ningún lugar. Cuando Lyra abrió los ojos, ella estaba completamente sola en la cama, bien arropada y calentita, pero la ausencia del príncipe dorado le pesaba, le hacia falta.
Con pasos cansados, ella se puso de pie y salió del resguardo que las sabanas ofrecían para ella, mientras observaba todo a su alrededor. No estaba en su cuarto, sino que se encontraba en el de Aegon.
Sin poder evitarlo ella esbozo una delicada sonrisa que corono sus labios,